Junto a Mis Hijos

Cuando entré a la adolescencia, un sacerdote a quien solía acudir para contarle las incomprensiones propias de la edad y buscar su consejo me decía: “Si la vida te da limones aprende a hacer limonada”. Lo miraba sorprendida, sin comprender del todo lo que me quería expresar con aquella frase que causaba sonrisas en mí. Los años han pasado y con ellos llegaron alegrías pero también sinsabores, amarguras que he tomado como vivencias y lecciones para la madurez. Esto tiene que ver con aquello que si la vida nos da limones, empujones, decepciones, pues vamos hacia adelante, hagamos limonada con ellos. La vida es un aprendizaje y de nosotros depende hacer música y limonada, como le ha tocado a Karen, quien nos narra su historia de vida.

Joven guayaquileña, de 23 años, madre de una niña de cinco, un niño de tres y otra de uno. La conocí en la Casa de Acogida de Hogar de Cristo; estaba ahí porque de su familia recibe permanente violencia psicológica, aquella que lacera el espíritu y taladra el alma al punto de querer abandonarlo todo: hijos, sueños y hasta la vida misma.

“Tuve papá y mamá, pero no los conocí, ella me abandonó cuando tenía seis años y de él no sé nada desde hace siete. Fui criada por mi abuelita y una tía. Mi juventud no fue muy buena, no la gocé como otros jóvenes porque siempre estaba haciendo las cosas de la casa: lavar, planchar, cocinar, arreglar, una niña que cuidaba a otros niños, hasta que me cansé y me uní al padre de mis dos hijos mayores; ilusionada por tener una familia bonita, como la de telenovela, no lo conseguí.

Él se paseaba delante de mí con otras mujeres, no me pegó pero tenía que aguantar sus traiciones, porque la familia que me crió decía que era feo una mujer separada de su marido y lo soporté, hasta que a mi niño, cuando tenía 10 meses, lo operaron de una hernia y se puso grave, casi se muere. Yo lloraba y le pedía a Dios que me lo regresará, que iba a ser mejor mamá pero que lo sacara de terapia intensiva, tal como ocurrió, pero me lo dejaron con parálisis cerebral. Hasta entonces vivía en Colimes, dejé al padre de mis hijos y me vine a Guayaquil con ellos.

Acá no fue nada fácil; llegué a la casa de unos tíos que me daban de todo pero para ellos era la empleada de la casa. Mis hijos y yo fuimos víctimas de insultos, impedimentos para salir a la calle, humillaciones, pero lo aguantaba con tal de que tuviéramos casa, comida y regalos… Sólo salía con el niño para llevarlo al Hospital, donde estuvo en tratamiento cerca de un año; unos médicos me decían que se iba a curar y otros no me daban esperanzas porque para ellos el niño nació con problemas y no fue así, él fue victima de una mala práctica.

Cuando vivía en la casa de mis tíos y al niño le dolía algo ellos, con insultos me decían que lo cargara para que no llorara, igual tenía que hacer los oficios de la casa con el bebé en brazos; hubo madrugadas que no pegábamos el ojo porque él se quejaba, me imagino que algo le dolía pero no sabía qué lo atormentaba y tenía que cogerlo para que dejara dormir a los demás, fue horrible y cansado.

En el Hospital del Niño conocí a un chico que tenía hospitalizado a su hijo y nos hicimos amigos, nos enamoramos y con él fue diferente porque no sólo me decía que me quería sino que también me daba ánimos para seguir luchando, me valorizaba, manifestaba su admiración porque no me veía igual a las otras mujeres que dejan a sus hijos botados en la enfermedad; me hizo sentir fuerte, que yo podía con todo, me motivó mucho y siempre lo hace, pero en mi vida hay pocas alegrías; mis tíos se enteraron de esta relación y me la prohibieron, los insultos seguían y cada vez eran peores y por eso me fui y llegué a la Casa de Acogida de HdeC.

Con este chico me siento bien, él me anima, me dice que soy una mujer que vale la pena, que siga adelante y que luche por lo que yo quiero, pero no podemos estar juntos, porque él también tiene dos hijos y no nos puede mantener a todos.
Mi vida es de humillación. Si pudiera salir de ésta me gustaría que fuera diferente, tengo sueños: que mi hijo camine, vivir con ellos pero solos, en nuestra casa; terminar la secundaria, estudiar arquitectura y si no algo más rápido como belleza, pero nada puedo por los niños; también me gusta cocinar; de repente tengo trabajo, hay una persona que me contrata para ayudar a preparar comida, me paga $10 dólares el día y es desde temprano hasta la noche, llego cansada a lidiar con los niños. Ese dinero no me alcanza para los cuatro, porque al bebé lo tengo en terapias y necesitamos movilización, además mi hija me pide que le compre galletas o yogur porque los demás niños de la escuela llevan comida y también quiere hacerlo.

Cuando estamos los cuatro solos, en el dormitorio de la Casa de Acogida, los niños me hacen chistes, me abrazan, se acuestan en mi pecho y la mayor me dice “mami te quiero, no nos dejes botados, yo te ayudo con mis hermanos pero no nos dejes”; yo le digo y ¿cómo me vas a ayudar? Ella me contesta “yo sé cambiar pañales, te ayudo con mis hermanos, vámonos de aquí, tú me prometiste una casa, pero no llores porque yo te quiero mucho”

Mis hijos son mi fortaleza a pesar de todo, no los puedo regalar, porque sí se me ha cruzado por la cabeza dejarlos en una institución, pero ellos quieren estar junto a mí; si tuviera un trabajo, aunque no les pueda dar cosas pero algo qué ofrecerles, una casa para no estar de arrimada, porque de todas partes te sacan en cara lo que te dan.

Quiero salir adelante sola, ver por mis hijos, luchar por ellos, ser una mamá más responsable; quiero una casa para decirles a ellos nadie nos saca de aquí, pero algo seguro, vivir solos y seguir luchando porque es así como se sale adelante, yo sé que lo voy a lograr, con todo lo que vivo lo voy a lograr, sólo necesito un empujoncito”.

About Hogar de Cristo - Ecuador

Cuenta manejada por el departamento de Comunicaciones de Hogar de Cristo, Ecuador.
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